Mourinho, si te he visto…
¡Liberación! es la primera expresión que viene a la cabeza cuando se termina un secuestro. ¿Que nos acordaremos de él? Por mi parte, no tengo duda que este nombre y estos tres años no se me van a olvidar ya nunca. Otra cosa es que le eche de menos, claro.
Todo se ha escrito y se está escribiendo estos días, y no voy ahora aquí a repetir otra antología de todas sus trastadas, pendencias y miserables conductas a lo largo de su periplo madridista, ahí están sus “grandes éxitos”, que no son de este último año, que empezaron ya desde los primeros meses, y que dan para llenar muchos discos y hasta una estantería entera. Simplemente resumiré que siempre me pareció José Mourinho una persona condicionada por un tremendo complejo de inferioridad que, como los psicólogos y psicoanalistas dicen que pasa en estos casos, mutó en un carácter déspota, soberbio y megalómano hasta el disparate. Me lo pareció cuando era ayudante o traductor en el FC Barcelona, y luego durante toda su trayectoria hasta su llegada a Madrid, independientemente de los éxitos, fracasos o escándalos con que fuera adornando su camino.
Si hemos de analizar su legado deportivo, vamos a tirar de perspectiva para decir que el mejor servicio que Mourinho prestó al Real Madrid fue, como entrenador del Inter de Milán, impedir que el Barça jugara la final de la Champions en el Bernabéu. Pero ahora hay que decir que aquello a los madridistas nos salió carísimo, y hasta uno se plantea si mereció realmente la pena. Porque ese mérito y no otro fue el que impulsó su llegada a la Casa Blanca. No nos engañemos, no era un entrenador que estuviera en la primera lista de candidatos, se decía que a Florentino no le gustaba su estilo. Y sin embargo, esa noche del Camp Nou y los aspersores cambió drásticamente la percepción hacia él. Se convirtió en el héroe, o peor aún, en el caudillo que podía guiar el resurgir y devolver la autoestima a una deprimidísima masa social.
Los resultados: si yo no creo que esté mal una Liga, una Copa y una Supercopa, habiendo el rival que había en casa; llegar a tres semifinales de Champions no es técnicamente un mal papel, sobre todo después de seis años de no pasar de octavos, es que ese listón estaba tan bajo que tampoco había que hacer grandes hazañas para superarlo. Sí, el Madrid con él ha sido capaz de plantar cara –no superarle, finalmente- a este fabuloso Barça de estos años, y la afición ha vuelto a creer que se podía aspirar a grandes cosas. Pero ¿a qué precio, amigos?
Otra cosa son las falacias: la Liga de los récords, que los mouriñistas venden casi como si fuera la única que ha ganado este club en su historia, tiene un valor muy relativo porque, con la relación de poderes que rige hoy en el fútbol español, se pueden conseguir 100 puntos -este año sin ir más lejos-, 105 ó 110, si uno de los dos grandes se lo propone; y se ha vuelto al primer plano europeo, sí, pero si miramos a quién se ganó en eliminatorias directas durante estos tres años, nos salen Olympique de Lyon, Tottenham, CSKA de Moscú, Apoel de Nicosia, Galatasaray… y sí, un Manchester United pero que tampoco era el más poderoso que hayamos visto, y además recordemos cómo sucedieron las cosas. En los duelos grandes falló, y por mucho que se haya apelado a la mala suerte, los penaltis o los arbitrajes, que ese ha sido el discurso oficial, cualquier observador objetivo y desapasionado resuelve que en las tres el Madrid cayó merecidamente, y sobre todo por apostar a jugar como un equipo rácano y menor. A un once diseñado para funcionar como un bólido, en los momentos cumbre, se le instó a echar el freno. Y así le fue.
Estos días, diferentes diarios se han dado a la infografía –algunas por cierto muy chapuceras y totalmente equivocadas, vigile eso Relaño, que la que dieron ustedes el domingo no había por donde cogerla- para comparar el palmarés de todos los entrenadores del Real Madrid que estuvieron al menos tres años. Y efectivamente, Mou queda en evidencia. Pero además con una particularidad: ahora el Madrid y los grandes equipos juegan Champions todos los años, Mourinho la disputa todas las temporadas desde 2003 allá en el equipo donde esté. Bob Paisley, que es el único entrenador con tres Copas de Europa, tuvo antes que ganar otras tantas ligas inglesas con el Liverpool; y a menor escala, lo mismo tuvo que hacer Benhakker para llegar y perder tres semifinales; Miljanic y Boskov, que también lograron más títulos que el de Setúbal, compitieron al máximo nivel en Europa con equipos que eran del fútbol español de los 70, muy inferiores en potencial a los ingleses y alemanes de la época. En fin, para qué vamos a comparar más…
De Mourinho ha molestado –y a mí especialmente mucho- su mezquino desprecio, repetidamente manifestado, por lo español, por nuestro fútbol y particularmente por la selección. Y claro, por sus símbolos. Pero madridismo adentro, su peor legado es que lo ha dividido. Sí, han sido tres años muy duros, de muchas broncas más que debates –que estos sí son sanos-, de incondicionalismos irracionales, sobre todo a favor pero también en contra, no lo neguemos. Hay madridistas que sufrían en las derrotas, pero es que ahora también se cabreaban a menudo con las victorias, cuando llegaban los que las hacían patrimonio exclusivamente suyo. ¿Cómo se podía ser madridista y renegar de Del Bosque, de Casillas y hasta de gran parte de su historia? Y encima era a ti al que te tachaban de traidor, de ser un “madridista disfrazado”. Eso consiguen los caudillos, enajenar a la masa que les sigue. Y ojo, que muchos han mudado de opinión ahora, cuando han visto que la décima se esfumaba por tercera vez consecutiva, pero quedan todavía muchos irreductibles, sí, los que nos dicen ahora que “ya nos acordaremos”.
Uno ha llegado a plantearse, sobre todo cuando llegaban las grandes citas, qué era realmente peor, si hacer el ridículo otra vez en Europa o ganar una Champions así. Habrá que decir que casi siempre se imponía el espíritu altruista, la fidelidad a los colores que está por encima de las personas… pero ya digo, casi siempre. Dicen que en la vida hay que probar de todo, y me sé de quien estos años –y sobre todo este- ha pasado por experiencias –futbolísticas, digo- insospechadas para él. Y da fe de que no le ha gustado nada. No le apetece repetir.
Y no puede irse de flores el presidente. Florentino Pérez nunca reconocerá que se ha equivocado otra vez, tendrá la habilidad de salir indemne, traerá otro proyecto ilusionante y lo revestirá con las mejores telas. Pero en este, como tal y con los matices considerados, él ha vuelto a fracasar. Nunca concedía autoridad ni margen de maniobra a sus entrenadores, y resulta que le dio plenos poderes a este, con los efectos devastadores que hemos visto y que me temo seguiremos viendo en los próximos.. espero que sólo sean meses. El deterioro de imagen con el que queda el club –que no viene de ahora sino de años ha, pero que con este período turbulento ha dado un claro “impulso” hacia abajo- requiere muchos años y mucho trabajo, a ser posible humilde y callado, para revertirlo. No parece, sin embargo, que esa sea la estrategia que tiene en mente el presidente. Impondrá otra vez la urgencia, el dinero y los modos imperialistas.
En fin, no tenemos ni idea de lo que deparará el futuro al Real Madrid y al madridismo. Lo único que podemos decir ahora es que es momento de abrir las ventanas y que entre algo de aire fresco. Que aunque luego venga viciado, siempre olerá mejor que el azufre. Y José Mourinho, te vas por donde has venido pero con todo lo que has dejado por medio. Conociéndote, sé que en tu mente bullirá el “arrieritos somos…” Y como en este fútbol es muy fácil que los caminos se crucen, desde luego tengo claro que si te he visto… pues claro que me acordaré perfectamente de ti.
P.D. Lo siento, ya sé que es martes y no tocaba. Pero la actualidad, aunque se viera venir, manda. Y sobre todo, que el próximo lunes espero ya no tener ganas ni motivos para escribir del temita y del personaje en cuestión.
Atleti, buen camino
Le ha costado. Durante estos últimos años se ha equivocado muchas veces de ruta. A menudo no ha entendido las señales. Y las más de las veces, no sabía siquiera adonde iba. Recuerdo bien cuando el Atlético de Madrid era un equipo perfectamente reconocible, tanto en sus mejores como en sus menos buenos momentos. Un grande e indiscutible del fútbol español. Entonces llegó el iluminado que ya sabemos quien, prometiendo a su afición lo contrario, les convirtió en equipo menor y, lo peor, les convenció de que esa era su verdadera condición. El doblete pareció justificar todos los desvaríos que se habían cometido durante diez años de sainete, pero en realidad les terminó sumiendo en la autocomplacencia, y cuando quisieron darse cuenta estaban en Segunda. Mi amigo Daniel Martín, atlético de los sinceros, ya no les vio de otra manera, aunque yo espero que en algún sitio el viernes se quemara de frotarse las manos. Y después han seguido en este club sin dar con la pista, sin llevar el mapa adecuado. No han faltado proyectos decentes en esta última época, como el de Aguirre o el de Quique Flores, pero la misma maquinaria autodestructiva se encargó de triturarlos, a uno intentaron mejorarlo con Abel Resino y al otro con Manzano, por asombroso que parezca. Y en fin, y resumiendo esta introducción, no se puede vivir tanto tiempo, tantas temporadas, más pendiente de por dónde anda el Real Madrid que por dónde uno mismo, ni más atentos a los elementos que al propio sendero.
En realidad ahora no han dejado de mandar los mismos, pero por fin el Atleti parece haber encontrado el camino. O un camino, por lo menos. Simeone ha dotado a este equipo de una personalidad, de una identidad y, sobre todo, le ha hecho marcarse unos objetivos y no perderlos de vista. Si se pone a tiro la Europa League, a por ella. Si hoy día es imposible colarse entre los dos mejores equipos de España, a colocarse el tercero con toda autoridad, sin pestañear. Y si se presenta la oportunidad de noquear a uno de los dos grandes a un partido, pues ahí tiene esta Copa del Rey, primer título nacional desde aquel añorado 1996. Han cargado la mochila justo con lo que necesitaban y además se han provisto de unos buenos bastones.
De Diego Pablo me gustan sobre todo dos cosas: una, que siendo un tipo duro, como lo era como jugador, canchero y con mucha mala… leche (íbamos a decir otra cosa), nunca pierde la compostura, ni un mal gesto, ni una mala palabra para nadie, un discurso siempre positivo y respetuoso con todo el mundo, con los suyos y con los que no lo son; y la otra, que ha sabido mantener viva durante toda la temporada a toda una plantilla en la que no hay once indiscutibles –excepto Falcao, Courtois y las botas de montaña- y los demás sobran, sino que todos han sido utilizables, han tenido su momento y, en general, no se han resentido el nivel ni la tensión. Luego te puede gustar más o menos la forma de jugar, cuestión de estilo y gustos. Pero es el fútbol en el que han creído y con el que han decidido vivir, y si hiciera falta, morir. Y han salido vivos, de eso no cabe duda.
La final del sábado empezó con los mismos fatídicos augurios que los derbis de todos estos últimos trece años y medio. Pero en esta ocasión, en vez de dejarse a la depresión y los lamentos, el Atleti mantuvo la cabeza alta y buscó su oportunidad, que llegó. Luego supo sobrevivir, encontró su suerte porque esta vez la buscó, al apóstol si no lo invitas no viene a tu fiesta. Y cuando el rival empezó a desquiciarse, porque las cosas no le estaban marchando tan rodadas como esperaba, no bajaron el pistón ni perdieron la mirada de tigre. Siguieron creyendo, como el peregrino que no abandona a pesar de las penalidades cuando le queda un mundo y medio de ruta, y sin embargo, cuando ya otea el final del camino, siente que las piernas le vuelan, ni ampollas ni tendinitis que valgan.
Estos caminos son duros, requieren mucha paciencia, mucha constancia y, sobre todo, compromiso. Es muy fácil dudar, y entonces es cuando se pone a prueba la fortaleza, la solidez del proyecto. También de este Atleti han llegado algunos a dudar, sobre todo los periodistas de siempre, aún a pesar del prometedor arranque en septiembre. Pero quien tenía que mantenerse firme en sus propósitos eran el entrenador y los jugadores. Y ahí han estado, hay que decirlo.
El futuro que se le abre al conjunto del Cholo es prometedor, por fin en Champions, con un bloque consolidado y con una ambición que tanto hacía que no se conocía por el Manzanares. Vamos a ver ahora si sus dirigentes aciertan a gestionar la fortuna que han acumulado, si venden lo que tengan que vender, si compran lo que es oportuno comprar… pensando de verdad en el beneficio del equipo y de la entidad, y no en su business. Y que no decaiga. Recuerdo hace tres años, cuando ganaron su primera Europa League y después la Supercopa al Inter, que se decía que este equipo había aparcado para siempre su mentalidad derrotista, que había dejado de ser el “pupas”. Pero luego, muy pronto, volvió a las andadas. Vamos a ver si ahora, por fin, ha vuelto el Atlético de Madrid, porque una buena Liga española no se concibe sin él. Buen camino, Atleti.
Y dejamos aquí para sus aficionados, esta impagable –para ellos- imagen de Simeone manteado con las gradas vacías del Bernabéu de simbólico fondo.
P.D. Y bueno, como no sólo del Atleti son los peregrinos, también los hay de otros equipos, y como estamos con los ecos de la Final de Copa y además hemos de agradecer al autor de la foto que encabeza este post, aquí traemos otro magnífico documento de otra final de época, exactamente la de 1977 en el Calderón https://www.youtube.com/watch?v=tU5UOVOieKM, bajo la narración del inolvidable José Félix Pons. Por cierto, por mucho que él insista en que vean la repetición, no se esfuercen.
La gloriosa Reforma Laboral
Miembros del Gobierno, representantes de las distintas patronales y agentes sociales se disponían a posar para la foto histórica, exultantes los gestos y los ademanes. Acababa de pactarse la Reforma Laboral de-fi-ni-ti-va que nos lanzaría a la órbita del progreso y por fin a un futuro próspero para la nación. Las negociaciones habían resultado interminables y agónicas, fue especialmente difícil hacer entrar en el pacto a los sindicatos, que finalmente accedieron, fundamentalmente tras conseguir una importante victoria parcial a última hora: la jornada laboral de los sábados quedaría en seis horas en vez de ocho. “Es mucho dinero lo que perdemos con eso”, mascullaban los de las confederaciones de pymes, y orgullos los líderes de las principales centrales enarbolaban la bandera de esa carta ganada. Era muy significativa esa mejora, ya que con ella conseguían salvar uno de sus principales compromisos: en ningún caso iban a consentir una semana de más de 60 horas trabajadas. Y en efecto, no pasarían de 59, un triunfo. Eso sí, las organizaciones empresariales habían logrado en el último minuto introducir una pequeña cláusula: “salvo acuerdo bilateral entre empresa y trabajador”.
Los entusiastas diarios y cadenas de los principales grupos mediáticos adictos del país preparaban sonoros y eufóricos titulares: “Sellado el pacto por la estabilidad y competitividad laboral”, “España apuesta firme por el crecimiento”, “Trabajadores y empresarios unidos por el futuro”. Pocos espacios sin embargo se dedicarían a explicar minuciosamente los términos de la nueva figura contractual, clave de toda la reforma: los ridi-jobs. Establecían, básicamente, una duración mínima del contrato de un mes, indemnización de cinco días por ejercicio a partir del cuarto año trabajado, arbitraje supervisado por las patronales sectoriales en caso de demanda de despido improcedente, media paga de vacaciones –lo que fue objeto de encendidos debates- y opción de solicitar una revisión salarial cada ocho años. En cuanto a la jornada, en detalle: 10 horas diarias de lunes a viernes, las seis citadas los sábados y una jornada completa cada cuatro domingos. Así, la media semanal quedaba en 58,5 horas semanales para honda satisfacción de los sindicatos e indisimulado pesar de los empresarios. Eso sí, las horas extras y su posible remuneración quedaban a determinación de los patronos de cada sector.
Otras cuestiones también intrincadas serían objeto de análisis por parte de los convictos analistas políticos y económicos, editorialistas y tertulianos, que ya tenían preparados sus discursos y argumentarios, defendiendo la eliminación –por manifiestamente obsoleta- de la baja por maternidad; la absoluta necesidad de suprimir el seguro laboral; la razonable conveniencia de establecer el castigo corporal para corregir conductas incompatibles con la viabilidad empresarial; el avance social, dado el problema con el suelo, que iba a suponer obligar a los obreros a dormir en las fábricas, claro que no podía consentirse que el alojamiento además les saliera gratis, como inconscientemente pretendían los sindicatos; y en fin, para la integridad de los empresarios suponía un enrome refrendo el hecho de establecer justicia penal para casos de desobediencia, distracción continuada en el trabajo o movimientos o gestos que pudieran inducir al incívico asociacionismo. Y por supuesto, que todas estas medidas iban indiscutiblemente en sintonía con la Constitución, y se inscribían impecablemente a un estado de derecho.
Eran momentos de electricidad, en los que se hacía patente el olor a historia. El presidente ultimaba su rotundo discurso –perpetrado tras su pantalla, por supuesto- para anunciar las esperadas y gloriosas reformas. Un gran paso, un antes y un después en nuestro desde ahora modernísimo y modélico sistema laboral. De hecho, observadores europeos, asiáticos y de la Administración USA aguardaban expectantes el anuncio. Eso sí, un pequeño fleco quedaba por resolver. Sí se había llegado a un acuerdo en cuanto a que la paga extra de verano consistiría en un flotador, y la de navidades en 500 gr de espumillón. Lo que aún no se había resuelto todavía atañía al salario mensual: qué seis meses el saco a entregar al trabajador sería el de trigo y qué otros seis sería el de arroz. Pero cundía la prisa: “vamos a anunciarlo ya, y pidamos a la gente paciencia, que en breve les mantendremos informados de cómo queda esa nimia cuestión”. Total, además, los empresarios estimaban entre seis y nueve meses para empezar con las contrataciones. Y los bancos y cajas aún no se habían pronunciado sobre cuándo empezarían a flexibilizar los créditos a las pymes.
Mientras tanto, en una austera habitación en la sede del Instituto Nacional de Estadística, los técnicos terminaban de cotejar los datos de la última Encuesta de Población Activa, que correspondía difundir justo al día siguiente. Y lo que se iba a anunciar es que, a fecha del corriente, dado el drástico descenso de población registrado, la población activa en España se había quedado en 2.854 personas, de las que quedaban desocupadas 1.413. En efecto, entre unos y otros habían conseguido acabar con el paro en este país.
¿El mejor físico de Europa? Y eso qué e…
Está claro que lo nuestro es más lo físico que la Física. Esta es una que podría ya catalogarse en la colección de historias de nuestra España contemporánea, susceptibles de ser recogidas en un tomo que se titulara “Así nos va”. Resulta que el recién elegido mejor físico joven de Europa es gallego, tiene 30 años y se llama Diego Martínez Santos. Pero no puede trabajar en España, claro, primero porque no tendría dónde, y luego porque no le dejamos volver. Actualmente trabaja en Holanda, en el Instituto de Física de Partículas de ese país. Antes lo hizo, nada menos, en el Laboratorio Europeo de la materia, el famoso CERN. Allí realizó el trabajo por el que ahora ha sido reconocido por la Sociedad Europea de Física, concretamente en el experimento del Gran Colisionador de Hadrones, que bueno, aparte de lo sonoro y sugerente del término, no vamos a extendernos ahora en explicar en qué consiste. Por razones obvias, claro está.
El caso es que, después de sus brillantes trabajos, Diego quería volver a España. A Galicia a ser posible, a la Universidad de Santiago de Compostela, donde se doctoró. Para ello intentó acogerse al Programa Ramón y Cajal, que depende de la Secretaría de Estado de Investigación –ya saben, Gobierno de España- y que tiene por objeto recuperar para nuestra gloria científica a talentos –tantos- que se han visto obligados a desarrollar su carrera en el extranjero. Tarea les queda por delante, ya se podrían imaginar. O no. Porque el caso es que, casualidades de la vida, el mismo día que a nuestro protagonista le notificaban su reconocimiento europeo, recibía otra: que su solicitud de volver a trabajar en España había sido denegada… por falta de currículum. Vamos, que el mejor físico joven de Europa –el segundo español que lo consigue, pero el primero en solitario- no estaba a la altura.
Ignoramos los méritos de los que sí han sido admitidos. Una explicación que se pretende dar es que posiblemente se priorizó la candidatura de otros a los que, por edad, se les terminaba el plazo para poder acogerse a este plan de rescate. Y él, en cambio, todavía tiene oportunidad de volver a presentarse en los próximos años. El caso es que suena tan raro… Más con la sensación que tan largamente venimos sufriendo de que este país no aprovecha –más bien desprecia- el enorme talento de su gente. Ignoramos si alguien del la Secretaría de Estado saldrá a explicarlo, aunque no son muy proclives nuestros actuales gobernantes a explicar nada. Pero con los hechos tal como los acabamos de conocer, parece complicado argumentar algo convincente. Pues ahí queda la historia, y rumiémosla. Porque hace falta mucho físico…
El Mundo, España cierra las puertas al mejor físico joven de Europa
El Correo Gallego, España rechaza al mejor físico joven de Europa
Yo mientras me voy a quedar pensando en eso del Colisionador de Hadrones…
Al fresco, húmedo y continental
Volvemos a nuestro juego o, mejor dicho, a nuestro espacio alfresco que evocábamos la semana pasada Alfresco y sin presión, 3-5-2013. Ahora constatamos que estaban nuestros amigos solos, pero no porque tal soledad fuera inevitable. Tras ellos se extienden otros recintos exquisitamente dispuestos para estas fiestas privadas al uso. Posiblemente nuevas compañías estarán por llegar, que es sábado y todavía la tarde, y sobre todo luego la noche, pueden dar mucho de sí. Como bien observó el sagaz comentarista, aquí gobierna un clima húmedo y digamos que continental, y confirmamos que es temprana primavera del mes de abril. Toda esa verde armonía de formas y matices delata lo suyo, y el ambiente soleado ya es motivo de celebración. No debe ser casualidad que lo académicamente rematado se entienda con lo funcional, como tampoco ese aparente orden que parece que nadie ha establecido, sino que simplemente ha salido así. Pero no nos engañemos, cualquier protocolo se puede pasar por alto, como toda sangre se puede alterar o la pasión abrirse en canal. Y ya saldrá quien se atreva a ignorar las normas para meterse de lleno en un jardín. Que aunque ahora tengamos delante este, no nos faltará donde elegir.
¿El mejor actor español?
¿Ha sido el mejor? Quién sabe y cada uno tendrá su opinión, pero desde luego Alfredo Landa ha sido uno de los muy grandes de la pantalla española. Por su versatilidad, por su expresividad, porque fue él en todos los papeles que interpretó. Y si al principio éstos eran muy parecidos, con el tiempo fueron completamente diferentes unos de otros. En El Crack, en Los Santos Inocentes, en El Bosque Animado… Pero es que cuando le entrevistaban era exactamente igual, tan natural, un gusto verle y oírle. Y no sé si el mejor pero el que se manifestaba como un tipo más normal. Y representativo del carácter español, el que reflejaba nuestro tipo medio, desde el estereotipo de los años 60, vulgarote y picarón –ojo, tuvo el mérito de hacer que se recuerden películas la mayoría malísimas-, hasta el más evolucionado e instruido de los 80 y 90, claro, mucho más cultivado y con más matices. Pero uno u otro, siempre era el tío que te podías encontrar en la oficina, en cualquier bar o entre los invitados de una boda. Yo creo que a todos Alfredo Landa nos ha recordado, o viceversa, a alguien que conocemos, amigo, familiar, en el barrio o en el trabajo. Le vi dos veces en persona, ambas muy próximas en el tiempo, y se notaba que ya no era el mismo, más apagado, la mirada un tanto perdida. No es con el que me quedo, desde luego, sino con el que vi tantas veces en el cine o por televisión. A mí es que me gustó hasta cuando hacía anuncios.
Dicho esto, planteado al debate, lo abro a quien quiera participar de él. ¿Quién ha sido el mejor actor español? ¿O quién lo sigue siendo? ¿De cine o de teatro? En clave cómica o más dramáticos o trascendentes. No me consta que se haya propuesto ningún ranking, que en cualquier caso sería discutible y discutido. Porque debe ser dura la pugna. Ahí están un José María Rodero que era la escena toda, o José Bodalo, una bestia indómita de la interpretación, bueno, todos los de la versión española de Doce Hombres sin Piedad fueron como mínimo magníficos. Pero ¿y las llamadas tres “efes”, Francisco Rabal, Fernando Fernán Gómez, Fernando Rey? ahí está José Luis López Vázquez, por no hablar de Fernando Guillén, otro enorme que también nos ha dejado hace nada. Incluyamos también a esos más jóvenes que aún están activo, Imanol Arias, Antonio Resines, y claro, en plena cúspide de su carrera Javier Bardem. Sí, ya sé que la nómina es inabarcable, yo sólo estoy citando a los más renombrados o, simplemente, los que me vienen a la cabeza en estos momentos.
Merecería la pena este debate, no por clasificarlos sino más que nada para recrearnos en todos estos monstruos que de alguna manera han estado en muchos momentos y etapas de nuestras vidas. Ya adelanto que en casa lo he puesto sobre la mesa, a la hora de comer, y por supuesto no nos hemos puesto de acuerdo. Es que tampoco se trataba de eso. Porque para gustos, claro, también son los actores.
Si nos queda interesante, prometo en breve volver con otro debate sobre actrices.
Real Madrid de Baloncesto, este sí me lo creo
En primer lugar pido perdón, porque los viernes no son los días que dedicamos a cuestiones deportivas. Pero esto lo tenía pendiente y ya, si no lo suelto hoy, se me pasa el arroz. Es que uno puede ser de un equipo, pero luego los proyectos que acomete ese club le pueden gustar más o menos o, dicho de otra manera, identificarse más, menos o absolutamente nada con ellos. Qué les voy a decir de mi equipo de fútbol durante estos tres últimos y durísimos años. Pero hoy toca hablar del Real Madrid de Baloncesto. En esta sección de esta casa también ha habido períodos de dispar categoría durante estos últimos años, y algunos también infames. Pero ahora tenemos este que, en los dos años que lleva, decididamente me lo creo. Independientemente de que hayan llegado a la Final Four de la Euroliga que arranca esta tarde en Londres. Y pase lo que pase hoy o el domingo en una hipotética final.
Si pretendemos resumir la historia en una idea, digamos que las gestiones de los distintos dirigentes del Real Madrid desde los años ochenta tuvieron el “mérito” global de convertir al club hegemónico del baloncesto español en el aspirante. En su segundo advenimiento a la presidencia, Florentino Pérez se propuso solucionar lo que en su primer mandato ni le importó, y encomendó la ambiciosa misión al considerado top de los entrenadores europeos, Ettore Messina. Y en los rutilantes jugadores que éste le pidiera se gastó el dinero que hiciera falta –que, por otro lado, poco tiene que ver con las cantidades que se gastan en fútbol. Pero es que a los cinco o seis que vinieron a principios de la primera temporada, en 2009, luego siguieron otros cuatro o cinco durante el curso, y al comienzo del siguiente prácticamente ninguno ya servía y venía otra tanda. Aquello parecía un desfile. Todo para seguir jugando lo mismo y ganando lo mismo, esto es, nada y nada respectivamente. El seguidor madridista se hacía cruces porque les veía y no conseguía descifrar a qué jugaban, y todo parecía indicar que lo mismo les pasaba a esos jugadores, a juzgar por las caritas con que miraban y trataban de atender las explicaciones de su entrenador en los tiempos muertos, eso sí, impecable la pose.
Hastiada de toda esa inversión improductiva y que no fue capaz ni de generar ilusión entre los aficionados, la directiva madridista decidió reducir drásticamente la inversión. Era como claudicar, pensamos muchos. Se fichó a un entrenador de los que llaman de perfil bajo y que claro, no costaba ni la mitad de la mitad que su antecesor ni venía con la misma impronta ni glamur. A lo que Pablo Laso venía era, simplemente, a trabajar. Se mantuvo prácticamente el mismo plantel, algún fichaje no demasiado espectacular. Pero desde los primeros partidos ese equipo empezó a ser reconocible, a tener un estilo propio y, sobre todo, a gustar. Defender, robar, correr, tirar. Sergio Rodríguez empezó a parecer un base, luego un buen base y después un sensacional base; Sergio Llul ya fue más a menudo eléctrico que confuso; Carrol era la ametralladora pero tenía repuestos, Mirotic crecía, el banquillo se alargó. Y Felipe Reyes… a Felipe le bastó estar como siempre, sólo que ahora jugaba.
Además transmitía energía, desde el banquillo hasta la pintura. Y las instrucciones en los tiempos muertos las entendía hasta yo: “Chacho recibe arriba, Chimpa tú por abajo”. No tenía ese Madrid aún suficiente para ponerse a la altura del poderoso Barça de Xavi Pascual de estos años, aún así le ganó la Copa y estuvo a punto de sorprenderle en el play off final de Liga. Este año, con el refuerzo de Rudy Fernández y el intento –de momento no muy conseguido, hay que decirlo- de reforzarse bajo los aros, se trataba de dar el salto de calidad para aspirar a lo máximo. Y ahí está: a pesar de fallar en la Copa, líder ya definitivo de la liga regular y metido en la final four. Y muy importante: ha vuelto a jugar en el Palacio de los Deportes, y lo llena casi siempre. Ahora es cuando llega el momento de refrendar todas las buenas sensaciones en éxitos. Pero las primeras ya no nos las quita nadie.
Hay que decir que la Euroliga de hoy, la Copa de Europa de siempre, tal como está concebida, es más larga que un día no, que un año sin pan. Ha habido que jugar 10 partidos en la primera fase, luego 14 en la segunda, después un play off al mejor de cinco. Esto es, cada uno de los cuatro que entran en liza hoy llevan acumulados cada uno entre 27 y 29 partidos durante toda la competición. Para hacernos una idea, el campeón y el finalista de la Champions League de fútbol juegan 13 en total. Y después de toda esa ristra de liguillas, fases y contrafases, llegas aquí y te lo juegas todo a dos cartas. O a una, si te sale mal la primera. Y para los de Pablo Laso será esta noche, nada menos que ante el FC Barcelona. Y al que gane de ambos le esperan ni más ni menos que el CSKA de Moscú –del inefable Ettore- o el Olimpiakos, para más señas, los dos finalistas de la edición anterior.
El Real Madrid de Baloncesto ganó su octava y última Copa de Europa en 1995 en Zaragoza. Desde entonces sólo dos veces ha vuelto a esta cita a cuatro, para en ambas quedarse en la semifinal, la última hace dos años, vapuleado por el Maccabi. Es verdaderamente muy difícil, y lo es para los cuatro, porque a un solo partido la cosa puede salir por cualquier sitio. En fin, que puede ganar todo, se puede no ganar nada, pero por lo menos le aprecio y le agradezco el estilo. A este Madrid sí me lo creo.
La Comunicación tiene un precio pero… ¿lo tenemos nosotros?
Todo en esta vida tiene un precio, y también el trabajo de los profesionales de la Comunicación. Sí, porque todavía queda a quien eso no termina de quedarle claro. Aún se sabe de reductos empresariales en los que se preguntan y luego te esperan “¿pero cuánto tengo que pagar para salir en…” sin cuadrarles que en realidad a quien deben pagar –esto es, contratar- es a un buen profesional o agencia, o tener alguien en su staff, que gestione su reputación y proyecte sus mensajes donde deban hacerse visibles, en medios de comunicación pero también en otros muchos sitios y escenarios, como veíamos el otro día. Y sin incurrir en otros costes, aparte de lo que opten por invertir en publicidad de acuerdo a su plan de Marketing o en función de otras estrategias corporativas.
Siempre nos ha costado un mundo hacernos valer. Incluso con quienes sí entienden nuestro trabajo. Cierto que trabajar con intangibles –la imagen, la percepción, la motivación del consumidor… – siempre tiene estas dificultades en cuanto a cuantificar las acciones y los resultados. Pero aún así nunca hemos alcanzado el privilegiado status de todas esas maravillosas consultoras y auditoras que durante años se han limitado a extender una escueta factura con cantidades digamos que respetables -por no decir otra cosa- argumentadas con el mero concepto “servicios del mes de octubre”. A nosotros nos toca continuamente justificar, presentar informes, aplicar ratios, fórmulas y conversiones que no siempre convencen… a fin de demostrar un retorno de inversión a partir de unos honorarios generalmente mucho más modestos.. Y eso aún cuando florecían los buenos tiempos, no nos engañemos. Luego están las particulares formas de cada empresa de pagar por resultados. Conozco el caso de una reconocidísima multinacional tecnológica que pagaba a su agencia a razón de los centímetros cuadrados en papel impreso. Me consta que hoy ya no lo hacen, pero ahí queda eso y podríamos citar otros ejemplos sangrantes.
La Comunicación tiene un precio, sí, pero ¿lo tenemos realmente las agencias, los profesionales que nos dedicamos a ganarnos la vida en este oficio? Hay conocidos emporios del ramo que saben vender su prestigio y alto rango, sí, funcionan o pretenden hacerlo como aquellas consultoras, suelen aplicar tarifas por horas, al estilo de los fontaneros o los técnicos informáticos, pueden llegar a cobrar un potosí por asistir a una reunión. Y –se decía- ni recibían al potencial cliente si éste no se anunciaba con una digna dote de entrada. Eran las menos, y posiblemente hoy ni son. Tampoco sería ese prepotente modelo el más defendible, aunque desde luego a todos nos iría bastante mejor. Pero en el sector de las RRPP existe una competencia feroz, cualquiera dice que sabe hacer una tarta con media galleta. Y, sobre todo, los tiempos y las cuentas de las empresas dan de sí lo que dan y obligan a ser más flexibles. Eso sí, cuidado con la flexibilidad, que un tronco pueda ser capaz de doblarse con un huracán no es lo mismo que pretender que se tronche a la mínima brisa, y mucho menos que lo aceptemos.
Más bien digamos que en cualquier momento, y sobre todo ahora, el precio justo (con perdón) pasa por dimensionar bien lo que se nos pide y lo que podemos ofrecer. Es decir: primero, entender al cliente, su situación, sus necesidades, sus objetivos y prever las oportunidades/riesgos que va a suponer trabajar con él; segundo, proyectar el mejor trabajo que podemos hacer para él, qué estrategia a medida, qué campaña, qué acciones puntuales o continuadas, qué modelo de relación sería el idóneo y si hay pasos previos que consideramos necesarios, como formación, auditoría de imagen…; tercero, valorar todo ese trabajo y presupuestarlo honestamente, incluyendo todo lo que creamos necesario, poniendo en negro lo que nos cuesta y el tiempo que hemos de dedicarle, sin regalar nada pero sin pretender sacarles los hígados, si ofrecemos algo más allá de lo que nos piden, presentarlo como opcional, no metido a cajón dentro del paquete; cuarto, casi inevitablemente tocará negociar, y habrá que saber ceder, calibremos dónde podemos hacerlo y qué alternativas caben, tampoco nos cerremos en banda, seamos abiertos de mente y creativos en las soluciones que ofrezcamos, apelando a que nuestro interlocutor también lo sea.
Pero ya sabemos que, desdichadamente, para nosotros siempre puede haber un quinto paso. Si con todo, las condiciones que nos terminan imponiendo nos parecen inviables para realizar el trabajo que se espera de nosotros, actuemos con sensatez. Seamos muy claros si preferimos decirles que se busquen a otro que se lo haga por la miseria que pretenden pagar. Pero también pensemos si nos lo podemos permitir. Puede, y eso por desgracia está pasando, que no nos quede más remedio que tomarlo, como quien acepta un mini job, esto que siempre se llamó empleo o contrato basura. Pero procuremos siempre, en la medida de lo posible, no caer hasta lo más bajo, no sólo nos haríamos un flaco favor sino que perjudicaríamos al mercado, que al fin y al cabo no dejan de ser nuestros colegas y compañeros de este metal, y al final el boomerang terminará volviéndose contra todos. Valoremos lo que perdemos pero también lo que podemos ganar, y si nos recortan presupuesto, recortemos servicio, o adaptémoslo a las lentejas que nos dicen que son. Los acuerdos han de ser razonables… para las dos partes.
En fin, que las nécoras no se venden a precio de pipas, otra cosa es que el cliente en realidad prefiera gambones o langostinos congelados, entonces a nosotros nos corresponderá ver si los tenemos o no en oferta. Ya sabemos que nos movemos hoy en barrizales y charcos muy difíciles de vadear. Toca ser hábiles, imaginativos y sin duda ágiles. Eso sí: de regalar, nada. Con mancharnos en el fango ya contamos y no se nos van a caer los anillos, además ya estamos acostumbrados. Pero tampoco nos vamos a comer nosotros todo el lodo.

